Es fácil al leer estas líneas, imaginar lo que ocurrió después. Solamente puedo describir en palabras, la desesperación que sintieron todos a mi alrededor, y de la cual yo sólo fui un mudo testigo. No obstante, cualquier mi intención por detallarlo todo, podría parecer nimio o superficial, a fin de encuadrar con definición intensa, lo que pasó a continuación.
Al escuchar la primera detonación mi madre me abrazó con mayor fuerza y gritó: - no veas hijo, no veas. Mi tía salió rápidamente por la puerta del conductor y comenzó a vociferar junto a Roberto. Entonces, mi mamá abandonó el auto, dejándome en el asiento posterior. A partir de ahí, todo se convierte -a mis ojos- en una serie de acontecimientos confusos.
Recuerdo que entre todos, incluyéndome, cargábamos a mi padre, quien tenía una herida en la garganta. Pude ver claramente, como se escurría un hilo de sangre por un hoyo en su cuello. Abro un pequeño paréntesis para remontarme a una especie de sensación que fluye a través de mí, de las paredes de un lugar impreciso; pero muy presente. Este es un recuerdo sobre mi gusto por la "manzana de Adán" de mi padre. Siempre me pareció un símbolo de su fuerza, la construcción de la imagen que me formé sobre su figura paterna. Siendo un verdadero crío, disfrutaba verle y saber que era fuerte, y que en suma, era mi padre. Me parece raro rememorar algo así en este momento. Es como si pudiera develar ciertas memorias perdidas en mí hace mucho tiempo, como sifueran premoniciones o visiones de otro momento, de otra vida, una que no me pertenece y la cual sólo puedo apreciar desde lejos, en tercera persona.
Ahora, cierro este paréntesis.
Yo iba tratando de sostener una pierna de mi papá junto a mi madre -¡Claro! A esa edad ¿en qué hubiera podido ayudar realmente?-, mientras mi tía cargaba la otra pierna y Roberto ambos brazos. Subíamos rápidamente por la pendiente del túnel de Viaducto. Desgraciadamente desde allí no logro acordarme de mucho más. Solamente puedo verme llorando en alguna parte de un hospital o clínica de salud, sé que estoy con alguien, pero no puedo precisar quién. Esa persona logra consolarme regalándome una revista del personaje conocido como Súper Ratón, el cual era uno de mis favoritos. Me llevan de un lado a otro de ese sitio. Después, mi madre sale detrás de un par de puertas (hoy día, supongo que pertenecían al área de emergencias) para decirme: "se ha ido, tu papá se ha ido, se nos fue". Yo para ese entonces ya no tengo más lágrimas, simplemente recibo la noticia sin ninguna emoción, presiento que estoy desgastado. Abusando de mi condición de niño pregunto:
-¿Quién se fue? ¿Mi papá?
-Sí tu papá -responde mi mamá.
-Pero va a regresar ¿No?
-No, no va a regresar -contesta mi madre-, tratando de contener un poco su llanto.
-¿Dónde está?
-Se nos fue -finaliza sin poder contenerse más-, puedo ver sus lágrimas, su tristeza, que me absorbe como un vórtice frío, ajeno, pero irremediablemente personal.
Acto seguido, mi mamá le pide a la persona que me acompaña, me lleve de ahí y me cuide en lo que ella resuelve todo.
Hasta ahí llegan mis recuerdos de aquel día.
----------------
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Al escuchar la primera detonación mi madre me abrazó con mayor fuerza y gritó: - no veas hijo, no veas. Mi tía salió rápidamente por la puerta del conductor y comenzó a vociferar junto a Roberto. Entonces, mi mamá abandonó el auto, dejándome en el asiento posterior. A partir de ahí, todo se convierte -a mis ojos- en una serie de acontecimientos confusos.
Recuerdo que entre todos, incluyéndome, cargábamos a mi padre, quien tenía una herida en la garganta. Pude ver claramente, como se escurría un hilo de sangre por un hoyo en su cuello. Abro un pequeño paréntesis para remontarme a una especie de sensación que fluye a través de mí, de las paredes de un lugar impreciso; pero muy presente. Este es un recuerdo sobre mi gusto por la "manzana de Adán" de mi padre. Siempre me pareció un símbolo de su fuerza, la construcción de la imagen que me formé sobre su figura paterna. Siendo un verdadero crío, disfrutaba verle y saber que era fuerte, y que en suma, era mi padre. Me parece raro rememorar algo así en este momento. Es como si pudiera develar ciertas memorias perdidas en mí hace mucho tiempo, como sifueran premoniciones o visiones de otro momento, de otra vida, una que no me pertenece y la cual sólo puedo apreciar desde lejos, en tercera persona.
Ahora, cierro este paréntesis.
Yo iba tratando de sostener una pierna de mi papá junto a mi madre -¡Claro! A esa edad ¿en qué hubiera podido ayudar realmente?-, mientras mi tía cargaba la otra pierna y Roberto ambos brazos. Subíamos rápidamente por la pendiente del túnel de Viaducto. Desgraciadamente desde allí no logro acordarme de mucho más. Solamente puedo verme llorando en alguna parte de un hospital o clínica de salud, sé que estoy con alguien, pero no puedo precisar quién. Esa persona logra consolarme regalándome una revista del personaje conocido como Súper Ratón, el cual era uno de mis favoritos. Me llevan de un lado a otro de ese sitio. Después, mi madre sale detrás de un par de puertas (hoy día, supongo que pertenecían al área de emergencias) para decirme: "se ha ido, tu papá se ha ido, se nos fue". Yo para ese entonces ya no tengo más lágrimas, simplemente recibo la noticia sin ninguna emoción, presiento que estoy desgastado. Abusando de mi condición de niño pregunto:
-¿Quién se fue? ¿Mi papá?
-Sí tu papá -responde mi mamá.
-Pero va a regresar ¿No?
-No, no va a regresar -contesta mi madre-, tratando de contener un poco su llanto.
-¿Dónde está?
-Se nos fue -finaliza sin poder contenerse más-, puedo ver sus lágrimas, su tristeza, que me absorbe como un vórtice frío, ajeno, pero irremediablemente personal.
Acto seguido, mi mamá le pide a la persona que me acompaña, me lleve de ahí y me cuide en lo que ella resuelve todo.
Hasta ahí llegan mis recuerdos de aquel día.
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Etiquetas: Deconstruir, Inicio, Porqués, Preguntas
Quizás
Tal vez, debiera aclarar ciertas cosas para no errar y pecar "de obvio".
Y siento que debo hacerlo, creo que es necesario hacer un pequeño recuento de las cosas como yo las recuerdo. Con todos sus bemoles y posibles fallas en la interpretación de los hechos. Sin embargo, pienso que pueden servir para aclarar ciertas cosas más adelante, ya sea contando o no con las otras versiones que servirían para tratar de entender las cosas ó simplemente echando mano de aquellas palabras que sí conozco de primera mano: los testimonios de mi madre.
Sólo puedo decirlo de una forma: a mí, me robaron una parte de historia. Las primeras imágenes que me llegan de aquellos senderos -propiedad del laberinto de mi olvido- son sobre mis padres, sentados a ambos lados de mí, en la parte trasera de un coche Ford Mustang negro, aunque a ciencia cierta no sé si el modelo oscilaba entre 1968-1972. Mi tío, Roberto conducía, mientras su esposa iba sentada en el lugar del copiloto.
No recuerdo adónde nos dirigíamos, pero lo que sí reconozco, es que viájabamos por esa arteria conocida como Viaducto. En un momento determinado, al cruzar bajo un puente, de esos que abundan ahí, un coche de tantos pegó en la parte trasera del Mustang. Acto seguido, mi tío detuvo su automóvil de súbito, mientras tanto, el coche agresor -en cuestión de un solo segundo- se cambió de carril, y se marchó abandonando el lugar. Sin embargo, Roberto, sumamente molesto, se apeó para encarar al dueño del auto que se situaba exactamente detrás del suyo, un volkswage sedán, el cual sin que al parecer se hubiese percatado de todo el asunto, se adelanta, tomando el lugar de aquel que se alejó de la escena.
Roberto sin darse cuenta de lo descrito antes, se enfrenta muy agitado a la presunta persona responsable de la colisión, quien resultó ser una mujer, de quien no tengo una imagen clara, sólo puedo decir que tenía el cabello de color obscuro. En cuestión de instantes, las cosas se salen de control y los dos “se hacen de palabras”, gritándose, y en un momento determinado, enojado por la situación y la “poca” disposición de la señora para entender la cadena de hechos, Roberto saca un arma y la apunta al rostro de la mujer. Mi padre, alarmado por el giro que han tomado las cosas, se apresura y sale.
Antes de continuar, es necesario entender -hasta cierto punto- el contexto en que se desenvolvían los "jóvenes adultos” de esa época en México. Estamos hablando de personas de la década de los años de 1970 -sí, la época disco- era una juventud un tanto desarraigada, lejos -ideológicamente hablando- de movimientos sociales de años anteriores como aquel ocurrido en Tlatelolco en 1968 ó la agresión contra estudiantes en 1971.
Ésta era una juventud que buscaba sobrevivir aplicando en algún grado posible, el pragmatismo, dejando u olvidando todos esos elementos extraños o desagradables. Se creía que la imposición de USA en cuestiones como moda, costumbres, límites sociales y adefesios políticos era lo "conveniente" y/o deseable. Muchas personas intentaban crecer lo antes posible, para acceder rápidamente al velado mundo adulto, donde “los viejos” podían imponerse sin miramientos, ni restricciones morales.
Según datos de ese tiempo, la república Mexicana poseía un alto número de individuos cuya edad oscilaba entre los 15 y los 35 años, así, el país era considerado por estudios internacionales como una nación constituída en su mayoría por jóvenes. Por otro lado, tampoco era raro hallar gente que consideraba que la escuela era una total pérdida de tiempo, por lo cual iniciaban su carrera laboral a edades tempranas. Entre esos se encontraban mi padre y sus hermanos. Dos de mis tíos, se dedicaron a cosas relacionadas con servicios de seguridad y otro, junto a mi padre, se empeñaron en otros menesteres, incluidas sendas carreras en el sector bancario.
Retomando, el recuento de acontecimientos, mi madre, sumamente preocupada, le empieza a gritar a mi papá, mi tía le secunda y ambas le dicen a Roberto que se detenga y concluya el asunto de una buena vez. Mi mamá me tapa los ojos cuando mi tío continúa sosteniendo la pistola; pero esta vez, a la altura del rostro de mi padre.
Tal vez, debiera aclarar ciertas cosas para no errar y pecar "de obvio".
Y siento que debo hacerlo, creo que es necesario hacer un pequeño recuento de las cosas como yo las recuerdo. Con todos sus bemoles y posibles fallas en la interpretación de los hechos. Sin embargo, pienso que pueden servir para aclarar ciertas cosas más adelante, ya sea contando o no con las otras versiones que servirían para tratar de entender las cosas ó simplemente echando mano de aquellas palabras que sí conozco de primera mano: los testimonios de mi madre.
Sólo puedo decirlo de una forma: a mí, me robaron una parte de historia. Las primeras imágenes que me llegan de aquellos senderos -propiedad del laberinto de mi olvido- son sobre mis padres, sentados a ambos lados de mí, en la parte trasera de un coche Ford Mustang negro, aunque a ciencia cierta no sé si el modelo oscilaba entre 1968-1972. Mi tío, Roberto conducía, mientras su esposa iba sentada en el lugar del copiloto.
No recuerdo adónde nos dirigíamos, pero lo que sí reconozco, es que viájabamos por esa arteria conocida como Viaducto. En un momento determinado, al cruzar bajo un puente, de esos que abundan ahí, un coche de tantos pegó en la parte trasera del Mustang. Acto seguido, mi tío detuvo su automóvil de súbito, mientras tanto, el coche agresor -en cuestión de un solo segundo- se cambió de carril, y se marchó abandonando el lugar. Sin embargo, Roberto, sumamente molesto, se apeó para encarar al dueño del auto que se situaba exactamente detrás del suyo, un volkswage sedán, el cual sin que al parecer se hubiese percatado de todo el asunto, se adelanta, tomando el lugar de aquel que se alejó de la escena.
Roberto sin darse cuenta de lo descrito antes, se enfrenta muy agitado a la presunta persona responsable de la colisión, quien resultó ser una mujer, de quien no tengo una imagen clara, sólo puedo decir que tenía el cabello de color obscuro. En cuestión de instantes, las cosas se salen de control y los dos “se hacen de palabras”, gritándose, y en un momento determinado, enojado por la situación y la “poca” disposición de la señora para entender la cadena de hechos, Roberto saca un arma y la apunta al rostro de la mujer. Mi padre, alarmado por el giro que han tomado las cosas, se apresura y sale.
Antes de continuar, es necesario entender -hasta cierto punto- el contexto en que se desenvolvían los "jóvenes adultos” de esa época en México. Estamos hablando de personas de la década de los años de 1970 -sí, la época disco- era una juventud un tanto desarraigada, lejos -ideológicamente hablando- de movimientos sociales de años anteriores como aquel ocurrido en Tlatelolco en 1968 ó la agresión contra estudiantes en 1971.
Ésta era una juventud que buscaba sobrevivir aplicando en algún grado posible, el pragmatismo, dejando u olvidando todos esos elementos extraños o desagradables. Se creía que la imposición de USA en cuestiones como moda, costumbres, límites sociales y adefesios políticos era lo "conveniente" y/o deseable. Muchas personas intentaban crecer lo antes posible, para acceder rápidamente al velado mundo adulto, donde “los viejos” podían imponerse sin miramientos, ni restricciones morales.
Según datos de ese tiempo, la república Mexicana poseía un alto número de individuos cuya edad oscilaba entre los 15 y los 35 años, así, el país era considerado por estudios internacionales como una nación constituída en su mayoría por jóvenes. Por otro lado, tampoco era raro hallar gente que consideraba que la escuela era una total pérdida de tiempo, por lo cual iniciaban su carrera laboral a edades tempranas. Entre esos se encontraban mi padre y sus hermanos. Dos de mis tíos, se dedicaron a cosas relacionadas con servicios de seguridad y otro, junto a mi padre, se empeñaron en otros menesteres, incluidas sendas carreras en el sector bancario.
Retomando, el recuento de acontecimientos, mi madre, sumamente preocupada, le empieza a gritar a mi papá, mi tía le secunda y ambas le dicen a Roberto que se detenga y concluya el asunto de una buena vez. Mi mamá me tapa los ojos cuando mi tío continúa sosteniendo la pistola; pero esta vez, a la altura del rostro de mi padre.
Siempre he querido saber la causa de esta perpetua curiosidad, de esta lápida que se esgrime en mi alma y que me jala, me exige que aclare las cosas, que salga a las calles y encuentre el pedazo que me hace falta. Ese círculo que me es ajeno, pero que me pertenece al mismo tiempo. Ese lapso de tiempo antes de mí, que me hizo y designó de cierta manera, la forma como habría de presentarse mi destino, mi senda, mi sino, mi estrella. La forma en cómo el mundo me vería a los ojos, me tatuaría los pies, y mandaría a mis alrededores, manifestarse, abrirse a mi conciencia.
No hallo otra manera de hacerlo, de circunscribirme, de alertarme sobre el estado de cosas que me significan el mundo. No encuentro otra forma de explicarme, de explicar las cosas que van más allá de mis ojos de mis manos, que no fueron, que no serán y que sin embargo, me construyeron.
No puedo extenderme sobre la piel de esas otras mentes que obraron sin meditar sobre un futuro que les era ajeno: el mío, pero que sin duda atendieron a sus propias necesidades y vericuetos, ansias, anhelos, tristezas o alegrías y que me dejaron desnudo, solo, en un descampado inmenso, frío, lleno de un vacío que siempre me marcó, situándome como el punto central de un círculo que nada toca, que nada abarca y que sin embargo, existe, porque un punto siempre es el inicio de algo, de una línea que cruza, que altera, que modifica al otro, y todo lo que esto signifique.
Inicio, y pretendo continuar a pesar de las noticias venidas desde lejos, de los avatares, de las primicias que puedan significar un desaliento, un pesar, una nostalgia por cosas jamás conocidas, de un algo que me fue arrebatado.
No existen culpables, únicamente actores de una puesta que me pertenece y que me es extraña, a pesar que soy, dentro de estas cuatro paredes, el actor principal de esta comedia de desatinos y desencuentros.
A parte de una búsqueda, este es un ejercicio personal, una forma de explicar mis porqués, tanto los que me son conocidos porque son míos, como aquellos otros que fueron realizados en su momento por aquellos a quienes no conozco, sí conozco o conocí en su momento, y que representa o personificaron, un nódulo importante en mi vida, antes y después de la desaparición de mi padre.
No hallo otra manera de hacerlo, de circunscribirme, de alertarme sobre el estado de cosas que me significan el mundo. No encuentro otra forma de explicarme, de explicar las cosas que van más allá de mis ojos de mis manos, que no fueron, que no serán y que sin embargo, me construyeron.
No puedo extenderme sobre la piel de esas otras mentes que obraron sin meditar sobre un futuro que les era ajeno: el mío, pero que sin duda atendieron a sus propias necesidades y vericuetos, ansias, anhelos, tristezas o alegrías y que me dejaron desnudo, solo, en un descampado inmenso, frío, lleno de un vacío que siempre me marcó, situándome como el punto central de un círculo que nada toca, que nada abarca y que sin embargo, existe, porque un punto siempre es el inicio de algo, de una línea que cruza, que altera, que modifica al otro, y todo lo que esto signifique.
Inicio, y pretendo continuar a pesar de las noticias venidas desde lejos, de los avatares, de las primicias que puedan significar un desaliento, un pesar, una nostalgia por cosas jamás conocidas, de un algo que me fue arrebatado.
No existen culpables, únicamente actores de una puesta que me pertenece y que me es extraña, a pesar que soy, dentro de estas cuatro paredes, el actor principal de esta comedia de desatinos y desencuentros.
A parte de una búsqueda, este es un ejercicio personal, una forma de explicar mis porqués, tanto los que me son conocidos porque son míos, como aquellos otros que fueron realizados en su momento por aquellos a quienes no conozco, sí conozco o conocí en su momento, y que representa o personificaron, un nódulo importante en mi vida, antes y después de la desaparición de mi padre.
Etiquetas: Búsqueda, Deconstruir, Porqués, Uno
Esta búsqueda la inicié, sin saberlo, con un afán aún desconocido, cuando sólo era un niño. Tenía una sed indescriptible, indefinida; un deseo por completarme, de obtener ese "acabado fino" -término usado en albañilería y/o arquitectura-, tan necesario para todas las cosas.
Sin embargo, este tipo de periplos no siempre son perceptibles a simple vista, tanto para aquellos que nos rodean como para uno mismo. Algunas veces las personas suelen confundir la hiperactividad o la ansiedad con sentimientos negativos como la volubilidad o inestabilidad, sólo por mencionar algunos. El "viajante" o "buscador" se encuentra en una vorágine total, en un desencuentro personal, privado, del cual solamente son visibles las ventanas, así, generalmente acepta estas descripciones alternas u "objetivas" y las toma como verdaderas. Por lo tanto, se pierde el motivo de su inquietud y usualmente tiende a disiparse, y en el mejor de los casos, a olvidarse.
No es extraño encontrar a individuos que han perdido, en algún lado, este motivo ulterior, esta meta tácita. Desgracidamente, cuando eso pasa, llega a ser justificable: cualquiera se extravia fácilmente, se desconoce la razón de ser, el motivo, el porqué de cada quien.
Tal vez, sea el reconocer esta carencia, esta intranquilidad, el primer paso para comenzar a entenderse. Si no existe esta idea, esta autodescripción, probablemente no podamos comenzar a saber que nuestra tristeza, melancolìa o nostalgia, siquiera tiene un origen. El segundo paso, podría constituir, el realizar las preguntas adecuadas, las centrales, las físicas, las contundentes, aquellas que podemos medir y contar, extender y reducir, esas que nos unen con un pasado común; pero al mismo tiempo particular: la familia
¿Quien soy? ¿De dónde vengo? ¿Quienes fueron mis padres? ¿Mis abuelos? ¿Y sus padres? Elaborarnos, sustraernos, adecuarnos, hasta el principio, todo para contestar la última pregunta: ¿Qué lugar ocupo en el mundo?
Saberse ubicado, centrado, necesitado, inserto en esa larga cadena de eslabones. No importando circunstancias radicales como la muerte. Interesado realmente en la suma de las todas las partes y cuyo resultado, recae en uno mismo.
Sin embargo, este tipo de periplos no siempre son perceptibles a simple vista, tanto para aquellos que nos rodean como para uno mismo. Algunas veces las personas suelen confundir la hiperactividad o la ansiedad con sentimientos negativos como la volubilidad o inestabilidad, sólo por mencionar algunos. El "viajante" o "buscador" se encuentra en una vorágine total, en un desencuentro personal, privado, del cual solamente son visibles las ventanas, así, generalmente acepta estas descripciones alternas u "objetivas" y las toma como verdaderas. Por lo tanto, se pierde el motivo de su inquietud y usualmente tiende a disiparse, y en el mejor de los casos, a olvidarse.
No es extraño encontrar a individuos que han perdido, en algún lado, este motivo ulterior, esta meta tácita. Desgracidamente, cuando eso pasa, llega a ser justificable: cualquiera se extravia fácilmente, se desconoce la razón de ser, el motivo, el porqué de cada quien.
Tal vez, sea el reconocer esta carencia, esta intranquilidad, el primer paso para comenzar a entenderse. Si no existe esta idea, esta autodescripción, probablemente no podamos comenzar a saber que nuestra tristeza, melancolìa o nostalgia, siquiera tiene un origen. El segundo paso, podría constituir, el realizar las preguntas adecuadas, las centrales, las físicas, las contundentes, aquellas que podemos medir y contar, extender y reducir, esas que nos unen con un pasado común; pero al mismo tiempo particular: la familia
¿Quien soy? ¿De dónde vengo? ¿Quienes fueron mis padres? ¿Mis abuelos? ¿Y sus padres? Elaborarnos, sustraernos, adecuarnos, hasta el principio, todo para contestar la última pregunta: ¿Qué lugar ocupo en el mundo?
Saberse ubicado, centrado, necesitado, inserto en esa larga cadena de eslabones. No importando circunstancias radicales como la muerte. Interesado realmente en la suma de las todas las partes y cuyo resultado, recae en uno mismo.
Etiquetas: Deconstruir, Porqués, Preguntas
