No siempre resulta placentero rememorar escenas donde él o los sujetos de los que queremos acordarnos, se comportan de manera difícil, tal vez, violenta. Queremos mantenerlos en la mente con cualidades y virtudes, pero no con defectos, o bien, errores mínimos que no afecten demasiado, el cuadro general, ese pequeño recinto donde los tenemos confinados.
Al cariz de los años, se comprende que todos somos humanos, y que simplemente, tenemos omisiones o actitudes que pueden llegar a chocar con aquellas imágenes de álbum, seleccionadas y amadas por todos, pero que sin duda alguna, representan parte del espíritu de la persona que intentamos mantener con nosotros.
Las ideas preconcebidas, resultado de la melancolía, la alegría o la tristeza, solamente producen monstruos en la cabeza de quien las incuba; es pretender servir una copa fría de blanca espuma, dulce, lene; dolorosa, como única prueba de que el recuerdo es lo suficientemente profundo para hacernos sentir. Y ese es un espejismo recurrente.
Las vías adecuadas para imaginar adecuadamente a un ente querido, pero perdido para siempre, es recuperar en lo posible, su espíritu completo, sea a través de terceros, o mediante una vivencia encerrada bajo llave, una que no se quiere compartir con nadie, amparada en la obscuridad de todos aquellos ojos ajenos, tal vez enjuiciadores.
Y no hago otra cosa que reeditar el momento en que mi madre me mete al cuarto de baño, en nuestro domicilio en la colonia Condesa, explicándome que si mi padre se da cuenta, me pegará -¿Quieres eso? Por favor, ya no lo hagas, a mí no me gusta que te castiguen.
Por la situación, comprendo que "me he hecho" en los calzones otra vez. Ella me introduce rápidamente en la regadera y se asea conmigo. Terminamos, nos secamos y cuando nos disponemos a salir, mi papá entra y comprueba que sí, efectivamente, volví a evacuarme en mi ropa interior. Voltea verme mientras estoy parado sobre la tapa del excusado, y me dice -¿Recuerdas que te dije que si volvías a hacerlo te castigaría? Yo respondo afirmativamente con la cabeza. Mi madre le pide que no lo haga, pero finalmente no tiene muchas opciones. Mi padre quita la toalla que cubre mi desnudez, y me da una sola nalgada, sonora, bien colocada. Empiezo a llorar junto a mi mamá, quien no puede evitar sentirse angustiada, al tiempo que mi padre sale del baño.
Me gustaría tener más instantes compartidos con mi padre, más notas de su voz, que se pierde borrosa, de sus manos, de sus gestos, de sus actitudes. Quisiera no poseer sólo estos, que no son muchos, que ni siquiera pueden esbozar su rostro, que se fugó durante mucho tiempo. Anhelaría tener más palabras, más momentos, más anécdotas de aquella que lo conoció sin duda como nadie, mi madre.
Pero su silencio permanece en mí como suelo estéril, y será difícil, punto casi inconseguible, obtener algo que no sea evasiones y negativas sin aliento. Así, comprendo que a pesar de tantos años, un matrimonio, un par de hijas, una carrera en el sistema docente, en síntesis, una vida, todavía puede llegar a sentir dolor tras la muerte de su primer esposo, mi padre.
Eso, o simplemente mis suposiciones están erradas.
Al cariz de los años, se comprende que todos somos humanos, y que simplemente, tenemos omisiones o actitudes que pueden llegar a chocar con aquellas imágenes de álbum, seleccionadas y amadas por todos, pero que sin duda alguna, representan parte del espíritu de la persona que intentamos mantener con nosotros.
Las ideas preconcebidas, resultado de la melancolía, la alegría o la tristeza, solamente producen monstruos en la cabeza de quien las incuba; es pretender servir una copa fría de blanca espuma, dulce, lene; dolorosa, como única prueba de que el recuerdo es lo suficientemente profundo para hacernos sentir. Y ese es un espejismo recurrente.
Las vías adecuadas para imaginar adecuadamente a un ente querido, pero perdido para siempre, es recuperar en lo posible, su espíritu completo, sea a través de terceros, o mediante una vivencia encerrada bajo llave, una que no se quiere compartir con nadie, amparada en la obscuridad de todos aquellos ojos ajenos, tal vez enjuiciadores.
Y no hago otra cosa que reeditar el momento en que mi madre me mete al cuarto de baño, en nuestro domicilio en la colonia Condesa, explicándome que si mi padre se da cuenta, me pegará -¿Quieres eso? Por favor, ya no lo hagas, a mí no me gusta que te castiguen.
Por la situación, comprendo que "me he hecho" en los calzones otra vez. Ella me introduce rápidamente en la regadera y se asea conmigo. Terminamos, nos secamos y cuando nos disponemos a salir, mi papá entra y comprueba que sí, efectivamente, volví a evacuarme en mi ropa interior. Voltea verme mientras estoy parado sobre la tapa del excusado, y me dice -¿Recuerdas que te dije que si volvías a hacerlo te castigaría? Yo respondo afirmativamente con la cabeza. Mi madre le pide que no lo haga, pero finalmente no tiene muchas opciones. Mi padre quita la toalla que cubre mi desnudez, y me da una sola nalgada, sonora, bien colocada. Empiezo a llorar junto a mi mamá, quien no puede evitar sentirse angustiada, al tiempo que mi padre sale del baño.
Me gustaría tener más instantes compartidos con mi padre, más notas de su voz, que se pierde borrosa, de sus manos, de sus gestos, de sus actitudes. Quisiera no poseer sólo estos, que no son muchos, que ni siquiera pueden esbozar su rostro, que se fugó durante mucho tiempo. Anhelaría tener más palabras, más momentos, más anécdotas de aquella que lo conoció sin duda como nadie, mi madre.
Pero su silencio permanece en mí como suelo estéril, y será difícil, punto casi inconseguible, obtener algo que no sea evasiones y negativas sin aliento. Así, comprendo que a pesar de tantos años, un matrimonio, un par de hijas, una carrera en el sistema docente, en síntesis, una vida, todavía puede llegar a sentir dolor tras la muerte de su primer esposo, mi padre.
Eso, o simplemente mis suposiciones están erradas.
Etiquetas: Deconstruir, Recuento
Yo no acudí al entierro de mi padre, en realidad, nunca supe lo que aconteció a partir de su fallecimiento. Todo se pierde en una interminable lista de sucesos de los cuales no tengo memoria.
Tristemente, solamente poseo otros tres recuerdos acerca de mi papá. Uno se refiere a un incidente donde -no sé que edad tenía; pero seguía durmiendo en cuna- él me dice unas cuantas palabras: -No te preocupes, vamos a estar allá arriba. Es mejor que te duermas ahora, porque no sé a que hora vayamos a regresar. No quiero que te sientas mal si no nos ves. Por eso quiero que te acuestes.
Pero, como un buen bebé -y quien no había cumplido ni siquiera los tres años de edad-, desobedecí, despertándome antes de tiempo. Comencé a llorar inconsolablemente, no tengo conciencia durante cuánto tiempo. Únicamente recuerdo que mi padre entró por la puerta de la habitación para consolarme y explicarme que me había dicho antes de irse, que me acostara, y que había sido una suerte que bajara, pues en realidad no me había escuchado. Fue pura y total intuición, supongo. No obstante, creo sin duda, que fue otra cosa. Únicamente diré, que yo poseo una especie de "conexión" con mi propio hijo y puedo "saber" a veces lo que le está pasando, sin precisar cómo.
La llave de la siguiente memoria, la representa la imagen de una foto en blanco y negro, la cual llegué a ver en algún álbum familiar, actualmente desaparecido. Era de mi padre, quien llevaba una camisa a cuadros, pantalón de mezclilla y zapatos de gamuza. Él estaba parado, en pose de conquistador, su pierna derecha la tenía sobre el borde de una fuente de cantera gris, mientras miraba al frente. Según yo, dicho lugar se encuentra en un conocido lugar público, llamado el Parque Lira. Sólo vagos recuerdos vienen a mí, imprecisos, incoherentes, los cuales me dictan que él y yo fuímos allí juntos, a pasar un rato.
A continuación, regresa a mí, uno no muy agradable.
Tristemente, solamente poseo otros tres recuerdos acerca de mi papá. Uno se refiere a un incidente donde -no sé que edad tenía; pero seguía durmiendo en cuna- él me dice unas cuantas palabras: -No te preocupes, vamos a estar allá arriba. Es mejor que te duermas ahora, porque no sé a que hora vayamos a regresar. No quiero que te sientas mal si no nos ves. Por eso quiero que te acuestes.
Pero, como un buen bebé -y quien no había cumplido ni siquiera los tres años de edad-, desobedecí, despertándome antes de tiempo. Comencé a llorar inconsolablemente, no tengo conciencia durante cuánto tiempo. Únicamente recuerdo que mi padre entró por la puerta de la habitación para consolarme y explicarme que me había dicho antes de irse, que me acostara, y que había sido una suerte que bajara, pues en realidad no me había escuchado. Fue pura y total intuición, supongo. No obstante, creo sin duda, que fue otra cosa. Únicamente diré, que yo poseo una especie de "conexión" con mi propio hijo y puedo "saber" a veces lo que le está pasando, sin precisar cómo.
La llave de la siguiente memoria, la representa la imagen de una foto en blanco y negro, la cual llegué a ver en algún álbum familiar, actualmente desaparecido. Era de mi padre, quien llevaba una camisa a cuadros, pantalón de mezclilla y zapatos de gamuza. Él estaba parado, en pose de conquistador, su pierna derecha la tenía sobre el borde de una fuente de cantera gris, mientras miraba al frente. Según yo, dicho lugar se encuentra en un conocido lugar público, llamado el Parque Lira. Sólo vagos recuerdos vienen a mí, imprecisos, incoherentes, los cuales me dictan que él y yo fuímos allí juntos, a pasar un rato.
A continuación, regresa a mí, uno no muy agradable.
Etiquetas: Deconstruir
