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sábado, marzo 13, 2010

Aún el Prefacio

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Una de las cosas que nos define como personas completas, es nuestra capacidad de decisión, y las consecuencias que nos genera. Buenas ó malas, las opciones que hemos tomado nos explican y responden por nosotros, detallando nuestros cómos y porqués. Sin embargo, también hay otro elemento que converge y nos modifica mientras se desarrolla y crece. Éste consiste en el afán que tenemos por encontrar las respuestas a una serie de preguntas que se plantan frente a nosotros -a veces de manera fortuita- en el umbral de la vida.

 ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Por qué? Sea tal vez esta última, la pregunta más difícil, pues generalmente no hay nadie que pueda evitarla por mucho tiempo, y menos olvidarse de ella. Pocos son los que realmente -sin ningún tipo de tapujo ó censura- se atreven a contestarla honestamente. Existen muchas personas que a sabiendas del autoengaño, prefieren suministrarse una dosis de apariencias, antes que atreverse a vivir una realidad que no es de su agrado, que no se apega a los ideales que tenían sobre ella, o no han podido realizar lo que se imaginaron llegarían a ser su vida, sus metas, sus logros ó su forma de percibir el mundo.

Pero esa no es la razón principal por la cual uno se aventura al inicio de una búsqueda personal, sobre la reflexión del yo, del porqué, del cuándo y el dónde. Generalmente son un cúmulo de cosas las que nos empujan en una ú otra dirección. A veces ni siquiera notamos el comienzo. La mayoría de las veces simplemente caemos en la cuenta de ese algo que vive bajo nuestra superficie y que necesita salir para apreciar y respirar el aire fresco de la vida. Nunca se puede saber si lo que encontremos llenará las expectativas que teníamos sobre algún acontecimiento, de hecho, lo mejor que podemos hacer, es viajar ligeros, libres de nociones preconcebidas, pre-hechas, idealizadas sobre los probables hallazgos de ese buque que pensamos hundido en cualquier mar, a la deriva, sin sentido.

Uno inicia el periplo, pensando que todo será un simple paseo por el campo, un ligero viaje de exploración; hasta se termina imaginando que la tarea será temporal y de corta duración. Se quiere creer que no habrá grandes ó graves repercusiones por la cosa anhelada, por el motivo ulterior. No obstante uno empieza a avanzar y se constata la importancia del hado que se despliega entre nosotros y la supuesta realidad de afuera, esa que existe sin ó a pesar de nosotros y de la cual queremos extraer más respuestas, solamente para encontrar que todo es un juego perverso, pues  esa labor solamente reproduce más preguntas, una vuelta sinfín, pero que constituye la esencia misma de todas las personas, esa materia que compone al ser humano completo, al que deberíamos llamar “adulto”.

Porque gente con edad para votar hay mucha; individuos que alcanzan la edad suficiente para comprar condones en la farmacia, cervezas en las tiendas de autoservicio, cigarros en la miscelánea de la esquina; pero aquella a la que podemos calificar verdaderamente como adulta, hay muy poca. Transformarse en adulto, no sólo es llegar cronológicamente a cierta edad y presumir pomposamente que hemos obtenido la autosuficiencia y autonomía final. Pues seamos sinceros, eso de entrada suena totalmente ridículo. La maduración es un proceso lento, constante, con un ciclo análogo a la vida humana, que la abarca y que jamás deja de producirse, para detenerse exclusivamente al momento de nuestra muerte. Y muchas veces ese sumario ni siquiera se detiene allí, pues otros vendrán detrás buscando lo mismo, con sus acentos y esperanzas, tratando de percibirse y ubicarnos, para constatar que fuimos algún día y que su carrera encarna su presente, que tienen el poder de moldear su propia pregunta, y responderse: ¿Quiénes somos?

Pero ¿en dónde podemos desenterrar tal respuesta? ¿en qué lugar? No es fácil encontrar esa primera respuesta, la cual generalmente apunta a parientes cercanos en primer ó segundo grado, a las raíces ocultas, sigilosas, que reptan lentas por las paredes cómplices de silencio. Prosapia que solamente puede ser hurgada a base de paciencia, voluntad y con pico y pala –literalmente- en mano, pues muchos de esos familiares no están dispuestos a dar razón de lo encontrado, no están interesados en reconocer los indicios que otros hemos descubierto para beneplácito. Y probablemente sea entendible -aunque no justificable- su conducta, porque han quedado expuestos -para su personal angustia- provocando poco ánimo para intentar recordar cosas, lugares y personas.

Posted via web from Construcción de un Cronopio

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